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Amor a primera vista

Amor a primera vista

Conocí Marruecos cuando ya hacia un par de años que vivía en Europa. Fue un cruce imprevisto del Estrecho de Gibraltar en ferry. Un viaje porque sí y para cortar el itinerario de otro en el que recorríamos playas, pueblos blancos y ruinas romanas del sur de España. Llegamos a Ceuta y de ahí en autobús a Tetuán. El camino no es largo: a un lado, la luz que desprende el Mar Mediterráneo y al otro, una valla extensa e inexplicable. Al poco rato de andar empiezan a aparecer las chilabas, las banderas rojas y su estrella y algunas palmeras. El paso fronterizo es por tierra. 

Era Ramadán, por tanto, las calles parecían mas quietas y silenciosas que en territorio español. 

Aquel no fue mi primer amor marroquí. Fue, digamos, una puerta abierta a la curiosidad de un universo posible que intuí excitante. Lo agregué a mi la lista de deseados explorables y pocos meses después volví pero a Marrakech y en un vuelo directo. 

Este país del Norte de África es un acceso dócil al continente. Como también lo es, por ejemplo, Israel enclavado en el Medio Oriente de la inmensa Asia. 

Siempre me llamó la atención la cantidad de sitios conocidos que ostenta Marruecos: además de su capital Rabat, Tánger, Casablanca, Essaouira, Fez, Marrakech; los montes Atlas, el Riff y el desierto del Sahara que lame sus tierras. 

Menara es un aeropuerto fácil, con las comodidades que tienen los europeos, norteamericanos o los del Sudeste Asiático. Es de tamaño mediano, limpio y bien señalizado y afuera esperan en orden taxis bonitos y un aceptable balance de contaminación visual y auditiva. 

Un paseo no demasiado extenso y casi sin atascos, acabó justo en una de las zonas de acceso a la Medina. A partir de allí, el resto del recorrido hasta el hotel fue a pie. 

Entonces, me enamoré de Marrakech. Así. A primera vista. 

Eran casi las 5 de la tarde y las callecitas se estaban vaciando. Las Medinas árabes tienen un encanto que me apasiona justamente por las sorpresas que esconden sus laberintos. No hay aceras, las puertas son casi todas iguales al principio y las ventanas están casi siempre cerradas. Pero cuando atraviesas un portal, te zambulles en un universo paralelo. En general, dentro de las Medinas hay barrios que conservan su razón de origen que era la distribución por oficios. Existen áreas donde predominan las Medersas o centros de estudio que en general están rodeados de las casas de familias mas adineradas. El Mellah, que alberga a los emigrantes judíos de la Península Ibérica, tiene un zoco inmenso de especias y dos sinagogas.

Las calles se estrechan cada vez mas hasta que se abre un respiro. Habitualmente se trata de una plazoleta con una fuente que hace las veces de entrada de luz y sol, sitio de encuentro y nudo de donde parten o al que convergen mas de 3 o 4 callejuelas. Estos centros de distribución son superficies mas grandes e irregulares. Las formas cuadradas, triangulares o circulares perfectas no existen. Entonces la medina, si la observas con ojos de ave, une y separa, aglomera y oxigena, abre y cierra. Ese respirar encantado pincela pequeños regalos. Detalles de belleza que hay que aprender a observar. Marrakech es caprichosa en ese sentido. Para amarla, hay que ponerle atención.

Uno de los universos paralelos que descubrí fue el Riad donde me alojé aquella vez. Un Riad (que significa patio) es una casa de familia cuyas estancias se han rehabilitado y decorado con simpleza o delicada sofisticación. Las puertas y ventanas de los dormitorios y lugares comunes dan a un patio central que alardea suelos de cerámica, paredes decoradas con arte caligráfica, plantas, a veces piscinas o fuentes interiores, cojines de colores, alfombras tejidas a mano y mesas bajas para compartir charlas a una altura poco usual.

Después de dejar mi maleta y beber un té de hierbabuena, salí con instrucciones sobre cómo llegar a Jamal Fnaa. Me perdí casi inmediatamente pero fui siguiendo los sonidos. Es decir, decidí redirigir mis pasos hacia donde escuchaba mas bullicio. En un momento, justo cuando ya estaba cayendo la tarde, oigo una voz con cadencia de canto que luego se replica desde distintos puntos de la ciudad. Es el adhan, el llamado a la oración que no en todos los países musulmanes, pero en este sí, se escucha cinco veces cada dia. Un megáfono muy sonoro recuerda a los fieles que es tiempo de orar. Esto sucede desde cada uno de los minaretes que hay en la ciudad por lo que si se trata de una grande, como lo es Marrakech, el adhan se transforma en un llamado coral, intenso y en árabe que inunda todo el aire. Luego, la ciudad entera se detiene durante los minutos que dura la oración. Se detiene de verdad, se silencia. Es hermoso. 

Tras esta pausa, camino 2 o 3 minutos con la sensación del rezo y cuando ya he perdido las esperanzas de llegar a mi destino, se abre una explanada inmensa e irregular donde están pasando todas las cosas imaginables y de sueños: 

Vendedores de kilims 

Fantasías

Placeres

Olor a comida

Narradores

Flautas

Encantadores y serpientes

Artes culinarias

Naranjas

Dátiles

Frutos secos

Adivinos

Santeros

Cuscús y tajines 

Carnes cocidas a la brasa

Mucho humo

Escritores

Regateos

Atuendos tradicionales

Cestos de mimbre

Pócimas

Ungüentos

Antigüedades

Herreros

Artesanos

Lámparas 

Tránsito de motos

Carros tirados por burros

Viandantes

Parsimonia de terrazas con vistas

Fluir de aguas

Herbolarios, comino, canela y aceite de argán

Música de bandir, qarqaba y gmbri

Cafés coloniales con aire francés 

Este espectáculo cotidiano de Jamal Fnaa fue declarado Patrimonio Sonoro de la Humanidad por la Unesco. El casco antiguo de Marrakech, mágico, medieval e impredecible sucede ahora aunque actualice el pasado. Hay efervescencia y sosiego a borbotones y para todos los gustos. Si andas y te mezclas, descubres que -como dice Samuel Johnson- uno puede “viajar para ajustar la imaginación a la realidad” y cuando te detienes se te estampa su alma de nueva Babel. 

Tamurt n Akkuc es su nombre bereber y significa Tierra de Dios.

Melania Del Longo©

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